Bulmaro Pacheco
En México ha funcionado el transfuguismo político porque a la
gente poco le importa quién se cambie de partido o de ideas
políticas llevando por delante la conveniencia personal.
Es una crisis de la actividad política que lleva años larvando en el
sistema, con casos cada vez más frecuentes del paso de
personas de un partido a otro sin pensar los costos políticos para
los actores políticos, pero sí el daño causado a las organizaciones de las que provienen.
El llamado transfuguismo ya dio un presidente de la República en
México: Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) y antes de él
a varios candidatos presidenciales.
El transfuguismo también ya dio varios gobernadores estatales
que iniciaron con la práctica de traspaso partidista a partir de la
candidatura de Ricardo Monreal —ex priista— a la candidatura al
gobierno de Zacatecas por el PRD.
Recientemente nos enteramos también que el primer gobernador
que inauguró las alternancias estatales, Ernesto Ruffo Appel de
Baja California (1989-1995), ya había dado color para salirse del
PAN y engrosar las filas del nuevo partido político “Somos”.
El fenómeno ha sido muy poco estudiado cuando resulta que ha
sido uno de los más influyentes en el México de la modernidad
política, y han tenido que ver varios factores:
La cerrazón de los partidos políticos que por años fueron
dominados por intereses cupulares que monopolizaban las
decisiones principales en la postulación de candidaturas, creando
con ello inconformidades y desbandadas de militantes que
aprovechaban otras opciones políticas, como lo hicieron el PPS y
el PARM en los tiempos de la ruptura en el PRI en 1988, cuando
la llamada Corriente Democrática del PRI, encabezada por
Cuauhtémoc Cárdenas, fue capitalizada por el PPS y el PARM
para la postulación de la candidatura presidencial y numerosas
posiciones en el Congreso de la Unión.
En ese año los ex priistas Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia
Martínez, del Distrito Federal, así como Cristóbal Arias y Roberto
Robles Garnica, de Michoacán, inauguraron en el Senado de la
República, con cuatro escaños, la primera integración plural de
esa Cámara en su historia.
De cuatro partidos políticos (PRI, PAN, PPS, PARM) que por
años funcionaron en México, el sistema se amplió a más de 30
en varios años, lo que proporcionó un mayor número de opciones
de participación para los disidentes de los grandes partidos.
La primera expresión fue el Partido de la Revolución Democrática
(PRD), que trató de unificar a las izquierdas acarreando en sus
filas a los restos del Partido Comunista Mexicano, que al
evolucionar a PMS y PSUM le cedió el registro legal. En el
crecimiento y ampliación del PRD jugaron papeles importantes
los ex priistas Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y
Manuel Camacho Solís —finalista este con Luis Donaldo
Colosio— en la candidatura presidencial de 1994.
Desde el sistema priista se alentó la formación de otros partidos,
como el Verde Ecologista y el Partido del Trabajo, como un
intento de quitarle clientelas al de la Revolución Democrática.
Con diferencias profundas en materia política con el Presidente
Ernesto Zedillo, el ex priista Dante Delgado se dio a la tarea de
formar otro partido político: Convergencia por la Democracia en
1999 y, posteriormente, Movimiento Ciudadano a partir de 2012.
Por su parte, y aprovechando la inconformidad y las rupturas
internas, así como el rumbo seguido en su relación con los
gobiernos de su segundo partido político, Andrés Manuel López
Obrador se dio a la tarea de formar otro partido llamado
“Movimiento” (igual que MC, olfateando el rechazo de una parte
de la sociedad a la palabra “Partido”) de Regeneración Nacional.
Echaron mano de todo: candidaturas, cargos de representación y,
posteriormente, ya en el poder ejecutivo federal a partir de 2018,
de nombramientos en el ejecutivo, así como embajadas y
consulados en el extranjero. Al mismo tiempo, empezaron con la
cacería de adversarios políticos para involucrarlos en su teoría de
que “el pasado y solo el pasado” es el culpable de sus pifias,
errores y omisiones, a pesar de los años que llevan en el poder.
El problema real es la pérdida de identidad de un partido que no
alcanza todavía a convencer a la mayoría de que viene por la
Cuarta Transformación o que se apoya en la “revolución de las
conciencias” para impulsar el cambio en México.
¿Qué ha resultado de toda esta mezcolanza política que se ha
dado en México en los últimos años?
Que a nombre del transfuguismo y la libertad para cambiar de
partido político, según sean las conveniencias personales o de
grupo, se están generando nuevos fenómenos políticos y
sociales que ya preocupan a las autoridades y a la sociedad en
general por el alto impacto que generan en la vida política de
México: los desaparecidos de Ayotzinapa, Guerrero, un problema
sin solución generado por quienes no tuvieron empacho en
abrazar las banderas de la izquierda para esconder otros
problemas, resultando todo eso con un gobernador —en otras
épocas priista, después perredista— en la cárcel y con un
problema que cada día se complica más. ¿Qué decir de los
nuevos acontecimientos como los alcaldes de Juchitán, Oaxaca,
y Tequila, Jalisco, y otros involucrados con el crimen organizado,
que han dado lugar a la colonización de amplias regiones de
México por el hampa? ¿Y la crisis de las visas retiradas por el
gobierno de los Estados Unidos a gobernadores y alcaldes de
Morena? ¿Y el imparable fenómeno del huachicol fiscal, que
nadie —de ningún nivel— parece tener la solución, por la calidad
y el número de las autoridades involucradas en el problema?
Son problemas derivados de los cambios políticos, donde unos
se han aprovechado de los vacíos generados en regiones y del
descuido y la imprudencia de no revisar —bien a bien— a
nombre de “no importa de dónde vengan”, con quién hacen
política las nuevas expresiones llegadas recientemente al poder.
Sí, es cierto que cambiar de partido y de ideas es una libertad
consagrada en el texto constitucional, ya va siendo hora de que
los partidos tengan más cuidado en el reclutamiento de sus
cuadros y no cachen todo lo que les llega nada más pata
autojustificarse. Sería el antídoto ideal y necesario para que esas
libertades no degeneren en crisis y en descrédito de los partidos
ante la sociedad. ¿Un mal de todos? Quizá sí, pero que se refleja
con mayor fuerza en el ejercicio del poder.
bulmarop@gmail.com
