Bulmaro Pacheco.
Nunca han tenido una definición ideológica clara. Su integración
variopinta, con gente que ha pasado por la mayoría de los partidos
políticos nacionales, les ha dificultado la integración y la unidad. No
han construido ideas ni programas acordes con una nueva corriente
política de la historia reciente de México.
Cuando mucho, el tiempo se les ha ido en tratar de defender su
propia situación y sus propias crisis. Han dejado mucho que desear
entre las corrientes de izquierda que esperaban algo diferente.
Ya se les agotó aquella famosa conseja que indicaba que “era un
honor estar con Obrador”. Son tantos los problemas y tantas las crisis
que se han vivido en México, herencia del personaje al que sin pudor
le destinaban tantas alabanzas, que acabaron por agotarlo. Las
costosas y subsidiadas obras emblemáticas, la herencia de violencia
por el mal enfoque para atacar el problema de la inseguridad, el
aislamiento internacional de México por una política exterior cerrada y
errática, y los rezagos en materias sensibles como la salud y la
educación son apenas una síntesis de los señalamientos que se les
han hecho y que han deteriorado la venta de la ideología de la
autollamada 4T, que —según ellos— suponían iba a sacar a México
del atraso y nos llevaría a otra etapa de progreso y avances.
No ha sido así. Se les nota irritados por las crisis que enfrentan, por la
falta de soluciones efectivas, la carencia de consensos y porque no
ven salidas fáciles a los problemas. Ya se les cayó aquella mascarada
de que, solo porque llegaron ellos, ya estaba todo resuelto. Se les
agotó poco a poco, y de tanto utilizarlo, el pretexto de echarle la culpa
al pasado de cuanto problema enfrentaban; y, en ocasiones, la gente
les creía que ellos no eran responsables porque los problemas eran
parte de la herencia oficial.
Ya llevan casi nueve años en el poder, tiempo suficiente para haber
sentado bases firmes para el manejo de la problemática nacional y
mostrar avances concretos en los problemas que, por ahora, asfixian
a la mayoría de los mexicanos.
Lo que más se presume son los avances en materia de seguridad,
aunque han sido muy discutibles por el manejo de los otros datos, la
sensación de inseguridad que todavía domina a los mexicanos y por
el avance notable de la delincuencia organizada en regiones donde
se hace lo que ellos dicen y tanto la economía como la política
regional viven supeditadas al “orden” que imponen los delincuentes.
A cada rato observamos quejas y protestas de organizaciones de
productores que sufren el acoso de la delincuencia, la cual ha
avanzado en el territorio, desmintiendo el triunfalismo oficial.
No se discute sobre el aplazado crecimiento económico de México
porque las cifras no son buenas, y las expectativas menos.
El sector privado, a cada rato y por diferentes medios, expresa que
falta mucho para que estén dadas las condiciones para una mayor
inversión, debido a la inseguridad y la falta de confianza que se
respira en los nuevos ambientes de México. La integración de los
poderes, la ausencia de mejora regulatoria y la inseguridad han
frenado el crecimiento económico y la creación de nuevos empleos.
La economía informal ha avanzado notablemente hasta alcanzar ya el
54% del total, con el respectivo impacto en las políticas fiscales y
económicas necesarias para fomentar el crecimiento.
Se les ha agotado también la recurrente crítica al neoliberalismo. Ya
no lo mencionan tanto porque siguen utilizando los instrumentos y los
programas que esa corriente ideológica de la economía mexicana les
dejó como herencia: los tratados comerciales y una nueva relación
con el mundo ante la globalización, lo que disparó las exportaciones
de México y creó nuevas condiciones en la relación comercial con
nuestros principales socios.
En la política interna sigue el estancamiento por la falta de diálogo
con las oposiciones. En casi nueve años en el gobierno, la 4T no se
ha reunido con las oposiciones para discutir la agenda nacional como
lo hicieron los gobiernos de 1934 al 2018 al buscar un Mexico para
todos y no para una sola corriente política.
Las oposiciones solo han recibido ataques, descalificaciones y culpas
que han ido desde las consabidas copias de que “están moralmente
derrotadas” hasta acusarlas de ser “traidores a la patria” por no
apoyar sus proyectos y por hacer, a cada rato, señalamientos sobre la
ineptitud oficial para enfrentar las crisis.
Ante la crisis en la relación con los Estados Unidos, no existen
condiciones para que desde la 4T se llame a la unidad nacional o a
cerrar filas para despertar un sentimiento nacionalista de la diversidad
como apoyo al gobierno.
Los apoyos realmente solo han salido de sus filas, con pocas
declaraciones y muchos desplegados, y estos han rayado en la
tibieza y en la confusión, sin claridad alguna.
Pocas han sido las ocasiones en que los gobiernos mexicanos se han
visto en la necesidad de convocar a la unidad nacional ante una crisis
determinada, casi siempre externa. La expropiación petrolera del
presidente Lázaro Cárdenas, el llamado de unidad del presidente
Manuel Ávila Camacho ante la participación de México en la Segunda
Guerra Mundial y la solidaridad de México con la revolución cubana
del presidente Adolfo López Mateos han sido las últimas.
Aquellos presidentes extendieron el diálogo y sumaron a la diversidad
política a las causas convocadas; dialogaban con las oposiciones y
convencían a los principales actores del poder para legitimar sus
decisiones y propuestas. Ahora eso no se hace.
Estamos ante una tensa relación con la primera potencia mundial y su
presidente. Tenemos una agenda complicada de problemas comunes
y muchos pendientes. Se requiere una verdadera visión de estadista
—y no de partido— para manejar esta crisis.
Se les agotó también la afirmación de “no robar, no traicionar y no
mentir” (Segalmex, “La Barredora”, alcaldes detenidos por asociación
delictuosa, etcétera). Se les esfumó la llevada y traída “revolución de
las conciencias” por falta de ideas específicas y ya casi nadie se
acuerda del “nuevo humanismo mexicano”.
Todo eso no pasó de ser meros recursos retóricos para aparentar un
cambio en las concepciones ideológicas, mientras en la realidad se
desarrollaban conflictos por el poder, altos niveles de corrupción y
oportunismo de cuadros aliados que, por un tiempo, les dieron
sensación de unidad.
¿Qué va a pasar? Nadie lo sabe. De la falsa tesis de “estar en el lado
correcto de la historia”, como presumen, a enfrentar nuevas
realidades con otros instrumentos y mecanismos de poder, quizá
haya iniciado ya el proceso de decadencia de un movimiento-partido
que presumió mucho de lo que no era, se burló y marginó a muchos y
ha polarizado políticamente al país, lo que ahora, ante las nuevas
realidades, le dificulta convocar a la unidad nacional y sólo le quedan
—ya disminuidos políticamente— los suyos.
Qué dilema.
bulmarop@gmail.com
