Bulmaro Pacheco.
Desde que integró su gabinete en 1920, el presidente Álvaro Obregón
pensó en su sucesión. Prohibida la reelección inmediata como
consecuencia de la legislación revolucionaria, tenía que decidir entre dos
personajes de su tierra que ocupaban cargos clave en la administración
federal: Plutarco Elías Calles, en Gobernación, y Adolfo de la Huerta, en
Hacienda.
De la Huerta, confiado en que —como diputado local— había salvado a
Obregón de una elección sumamente controvertida en Huatabampo en
1911, pensó que él podría ser el elegido para suceder al Manco de Celaya
durante el cuatrienio 1924-1928.
La decisión final recayó en Plutarco Elías Calles y De la Huerta rompió con
Obregón. Renunció al cargo y encabezó una de las últimas rebeliones
militares más importantes del siglo XX.
No sabemos a ciencia cierta quién podría haber sido el favorito de Calles
para sucederlo en 1928. Lo que sí sabemos es que varios legisladores
federales de filiación callista se opusieron a las reformas constitucionales
impulsadas por el bloque obregonista en el Congreso federal para abrir las
puertas a la reelección del caudillo sonorense en 1928. No hay
testimonios, pero todo hace pensar que Calles no estuvo de acuerdo con
la reelección porque, apenas quince años antes, la no reelección había
sido la bandera revolucionaria enarbolada por Francisco I. Madero para
enfrentar a la dictadura de Porfirio Díaz, quien llevaba 31 años en el poder.
Obregón, ya electo presidente, fue asesinado, y ese hecho violento puso
en crisis al sistema político mexicano.
En su famoso discurso, donde Calles mencionó la necesidad de abrirle la
puerta a un país de instituciones y no de caudillos, se revelaba el
verdadero espíritu de la decisión de inaugurar el primer sexenio
gubernamental mediante elecciones y con partidos políticos establecidos.
Al presidente Lázaro Cárdenas le disgustaron las constantes declaraciones
del expresidente Calles en las que criticaba a su gobierno. Cárdenas
reaccionó destituyendo a un gran número de callistas de su gabinete y
promoviendo la desaparición de poderes en estados gobernados por
personajes de filiación callista.
La crisis llegó a su máxima expresión en 1936, cuando Calles fue obligado
a abandonar el país para refugiarse, en calidad de exiliado, en San Diego,
California, donde permaneció durante el resto del sexenio cardenista.
Nunca volvieron a tener contacto, ni siquiera cuando el presidente Ávila
Camacho los convocó en 1942 para apoyar la política de unidad nacional
en torno al presidente durante la Segunda Guerra Mundial.
Entre 1940 y 1964 no se dieron encontronazos entre los presidentes
entrante y saliente de México.
Las rupturas volvieron cuando Gustavo Díaz Ordaz empezó a manifestar
que se había equivocado al seleccionar a su secretario de Gobernación,
Luis Echeverría, como candidato presidencial. Echeverría inauguró la
expresión «emisarios del pasado» para responder a las críticas y también
depuró de elementos diazordacistas a su gabinete.
José López Portillo, como presidente, mandó cortar la red presidencial que
el expresidente Echeverría conservaba en el Centro de Estudios
Económicos y Sociales del Tercer Mundo, y el dirigente partidista Gustavo
Carvajal empezó a motejar como «besados por el diablo» a todos aquellos
aspirantes a candidaturas que buscaban primero a Luis Echeverría y
después al partido para que los apoyara. La ruptura amainó con el
nombramiento de Echeverría como embajador en naciones alejadas de
México.
Carlos Salinas y Ernesto Zedillo se enfrentaron por varios motivos: uno de
ellos era la interpretación del modelo económico que debía seguirse; otro,
el encarcelamiento de Raúl Salinas, hermano del expresidente, acusado
del crimen del diputado José Francisco Ruiz Massieu, ocurrido en
septiembre de 1994.
Las relaciones entre ambos nunca se recuperaron y, sí, la ruptura causó
daños profundos al sistema político.
En los gobiernos panistas no hubo un enfrentamiento mayor. El panismo
se molestó con Fox por haberlo relegado del gobierno al favorecer a los
buscadores de talento para integrar su gabinete y por tratar de bloquear la
candidatura de Felipe Calderón.
Lo que estamos viviendo ahora con el gobierno de Morena no es muy
diferente de lo que sucedió en el pasado.
A pesar de que Morena llegó al poder en 2018 diciendo que sus
integrantes eran «diferentes», el método sucesorio nunca cambió.
El presidente saliente ejerció su poder incluso antes de la toma de
posesión de la nueva presidenta: vetó candidaturas —como la de la
Ciudad de México— y nombró e improvisó a integrantes del gabinete
entrante y de la dirigencia de su partido, incluyendo a su hijo, Andrés
Manuel López Beltrán, a quien seguramente ya estaban promoviendo para
la sucesión de 2030.
Con el tiempo, la presidenta Sheinbaum fue desarmando la maquinaria
heredada. Los tres fracasos electorales de Morena —en lo que va de su
gobierno— en Veracruz, Durango y Coahuila mostraron que los
verdaderos responsables iban por un lado y las instrucciones de la
presidenta, por otro.
La inauguración de la política de retirar visas a funcionarios destacados del
gobierno —entre ellos, la gobernadora de Baja California—; los escándalos
del huachicol fiscal y del exsecretario de Gobernación Adán Augusto
López, ligado a la dirigencia del grupo delincuencial La Barredora; los
fracasos en la instrumentación de la reforma electoral, ante la rebelión de
los aliados de los partidos Verde y del Trabajo; la insistencia de personajes
que se oponen a las reformas de la presidenta contra el nepotismo —en
Guerrero, San Luis Potosí, Zacatecas y Chihuahua—, y el abandono de la
estrategia de «abrazos, no balazos» para combatir a la delincuencia
profundizaron la crisis y abonaron a la posibilidad de una ruptura entre el
gobierno que se fue y el que trata de consolidarse.
Las gotas que han derramado el vaso en los últimos días han sido dos.
Una, el retiro de la visa estadounidense al hijo del expresidente, Andrés
Manuel López Beltrán, y la carta contra el gobierno de Estados Unidos
que, según la Presidencia, nunca conocieron, lo que tensó aún más la
relación entre el gobierno mexicano y el de Donald Trump. La otra gota fue
el regreso por un día al poder de Rubén Rocha Moya —con todo y la
petición de extradición y las acusaciones en México y Estados Unidos— al
gobierno de Sinaloa, después de una licencia de 112 días. La Presidenta
dice que se enteró por las redes sociales del regreso de Rocha al poder.
Todavía más grave. ¿Quién le dijo a Rocha que regresara?
El retiro de la visa al hijo del expresidente mereció la solidaridad de los
morenistas, quienes acusaron —erráticamente— ataques a la soberanía
nacional y una política de injerencia del gobierno estadounidense sobre
México. Ahora, lo del regreso y nueva salida del cargo de Rocha Moya
provocó el deslinde del gobierno federal respecto de la decisión del
gobernador, así como una condena airada de su partido, de sus aliados y
de los gobernadores morenistas. Antes, esos desplantes se pagaban con
la desaparición de poderes en los Estados. Ahora nadie apuesta nada a
favor de Rocha y sí, su futuro se ve escabroso.
Todo eso, en medio de la próxima elección de 2027, cuando seguramente
en Morena habrán de medir fuerzas el pasado y el presente para definir
candidaturas. La ruptura y el deslinde político, que tiene antecedentes
históricos entre los presidentes entrante y saliente de México, ya no es una
predicción. Ya está aquí.
bulmarop@gmail.com
